Planta del Rooibos, en Sudáfrica.

Rooibos, la infusión que nació entre las montañas de Sudáfrica

Todos los ingredientes cuentan una historia mucho más grande de lo que nos imaginamos. Y en este artículo os quiero explicar la historia del rooibos.

A día de hoy, podemos encontrarlo en supermercados y cafeterías de medio mundo, en bolsitas, a granel, con vainilla, canela o frutos rojos. Se ha convertido incluso en una de esas bebidas asociadas al bienestar y a los pequeños rituales de calma. Pero permíteme contarte que el rooibos no nació como una tendencia saludable.

El rooibos nació en las montañas del Cederberg, en el extremo occidental de Sudáfrica, en un paisaje de montañas rojizas, suelos arenosos y vegetación de fynbos —sigue leyendo y te cuento que es esto de fynbos—. Allí, y únicamente allí de forma natural, crece una pequeña planta que durante siglos ha formado parte de la vida de las comunidades de esta región.

Su nombre científico es Aspalathus linearis. Su nombre más conocido, rooibos, significa literalmente “arbusto rojo” en afrikáans, uno de los doce idiomas oficiales de Sudáfrica.

Y detrás de cada taza hay una historia de territorio, tradición y cultura.

Para entender el rooibos hay que empezar por su lugar de origen. El Cederberg se encuentra en la provincia del Western Cape, aproximadamente 200 kilómetros al norte de Ciudad del Cabo. Es una región de veranos muy cálidos y secos, inviernos lluviosos, grandes contrastes de temperatura y, suelos arenosos y pobres.

Un paisaje que, de primeras, puede parecer poco amable para la agricultura, pero que resulta ser perfecto para el rooibos. La planta forma parte del fynbos, un tipo de vegetación característica del suroeste de Sudáfrica y uno de los ecosistemas que conforman la Región Florística del Cabo (Cape Floristic Region), uno de los grandes hotspots de biodiversidad del planeta.

Es un territorio donde crecen miles de especies vegetales, muchas de ellas endémicas. El paisaje está dominado por arbustos, matorrales y pequeñas flores adaptadas a la sequía y a las duras condiciones del terreno. Entre ellas encontramos algunas de las plantas más emblemáticas de Sudáfrica, como las proteas.

Es precisamente esta combinación de clima y suelo la que permite que el rooibos prospere aquí de forma natural. Aunque hoy se consume en todo el mundo, su hábitat natural se concentra en una pequeña zona del Western Cape, especialmente alrededor de las montañas del Cederberg.

De hecho, aquí encontramos una de las características más fascinantes del rooibos, no es simplemente una planta que se cultiva en Sudáfrica, es una planta profundamente ligada a este territorio.

Aunque hoy el rooibos se consume internacionalmente, su origen botánico sigue estando concentrado en esta pequeña región. Y eso hace que cada taza tenga, de alguna manera, un pedacito del Cederberg.

Mucho antes de que apareciera en las estanterías de supermercados europeos, el rooibos ya formaba parte de la vida de las comunidades indígenas de la región.

Los pueblos San y Khoikhoi conocían la planta y utilizaban el rooibos recolectado en la naturaleza, tanto para preparar infusiones como dentro de sus conocimientos tradicionales sobre las plantas de su entorno. La investigación histórica y etnográfica disponible apunta a que el conocimiento sobre su recolección y utilización precede a la llegada de los colonos europeos.

Después, los colonos neerlandeses establecidos en el Cabo comenzaron también a consumirlo. En aquella época, el té negro importado desde Europa era un producto caro y el rooibos ofrecía una alternativa local.

En 1772, el botánico sueco Carl Peter Thunberg ya dejó constancia de la planta y de la infusión que se preparaba con ella durante su visita al Cabo. Pero el rooibos todavía estaba muy lejos de convertirse en la industria que conocemos hoy.

El salto hacia la producción comercial llegó mucho más tarde. A comienzos del siglo XX, Benjamin Ginsberg, un inmigrante ruso establecido en Sudáfrica, vio el potencial comercial de aquella peculiar “infusión de montaña” y comenzó a comerciar con rooibos en 1904. Se le considera el primer gran exportador de rooibos.

Poco después, el médico sudafricano Pieter Le Fras Nortier comenzó a investigar cómo podía cultivarse la planta de manera más sistemática. La producción comercial empezó a desarrollarse durante la década de 1930 y, poco a poco, el rooibos dejó de ser una bebida local para convertirse en uno de los productos agrícolas más característicos de Sudáfrica.

Y aquí aparece una curiosidad que me encanta, el rooibos que tomamos hoy sigue dependiendo de un territorio muy concreto y de unas condiciones naturales muy particulares.

Quizá te hayas preguntado alguna vez por qué el rooibos tiene ese característico color rojizo. La respuesta está en su elaboración. Las ramas de la planta se recolectan durante los meses de verano y se cortan en pequeños fragmentos. Para elaborar el rooibos tradicional, estas hojas y tallos se humedecen y se dejan oxidar.

Aunque solemos hablar de “fermentación”, técnicamente se trata principalmente de un proceso de oxidación. Las enzimas presentes de manera natural en la planta transforman sus componentes y hacen que el color pase del verde al característico rojo-ámbar, al mismo tiempo que desarrolla su aroma y sabor. Después se extiende para que se seque al sol.

Existe también el llamado rooibos verde. En este caso, las hojas no se someten al mismo proceso de oxidación, sino que se secan rápidamente para conservar su color verde y determinadas características de la planta. Por eso, aunque ambos vienen de la misma planta, el resultado en la taza es bastante diferente.

El rooibos tradicional tiene un sabor suave, ligeramente dulce y terroso, con notas que pueden recordar a la madera, los frutos secos o incluso a la miel. Y tiene una característica que lo diferencia especialmente del té negro o del té verde, y es que no contiene cafeína de manera natural. Esto ha contribuido enormemente a su popularidad fuera de Sudáfrica.

Se puede tomar caliente o frío, solo o acompañado de leche, y también se utiliza como base para mezclas aromatizadas.

En Sudáfrica forma parte de la vida cotidiana de muchas familias. No es necesariamente una bebida reservada para una ocasión especial, es, sencillamente, algo que se prepara en casa. Y compartir una taza de rooibos puede ser también una forma de hospitalidad y de encuentro con otras personas.

Aunque su origen es muy localizado, el rooibos ha conseguido viajar muchísimo más allá del Cederberg. Sudáfrica continúa siendo el gran centro de producción y consumo, pero actualmente se exporta a numerosos países y puede encontrarse en supermercados y tiendas especializadas de todo el mundo. En Europa se ha popularizado especialmente como alternativa sin cafeína al té tradicional y como ingrediente de mezclas de infusiones. Y quizá sea precisamente eso lo curioso del rooibos, que ha resultado ser una bebida profundamente local que terminó convirtiéndose en un producto global.

Aquí merece la pena separar la tradición de la evidencia científica. El rooibos contiene diferentes compuestos antioxidantes, y especialmente el rooibos verde presenta una mayor concentración de determinados flavonoides que el rooibos rojo debido a que no ha pasado por el mismo proceso de oxidación. Se han estudiado posibles efectos relacionados con el estrés oxidativo, el metabolismo de la glucosa y el perfil lipídico, entre otros. Pero hay que poner estos datos en contexto.

La investigación que se ha hecho en humanos todavía es limitada, una revisión de estudios encontró resultados prometedores, pero también destacó que los estudios disponibles cuentan con muestras pequeñas y utilizan diferentes cantidades y tipos de rooibos. Por eso, no podemos afirmar que el rooibos sea un tratamiento para determinadas enfermedades ni atribuirle propiedades medicinales que todavía no están suficientemente demostradas.

Lo que sí sabemos es mucho más sencillo y es que se trata de una bebida sin cafeína, con compuestos antioxidantes y que puede formar parte perfectamente de una alimentación variada. Y quizá no necesitemos mucho más para disfrutarla.

Lo que más me gusta del rooibos es que su historia no termina cuando abrimos una caja de infusiones. Porque detrás de esa taza hay un paisaje. Hay montañas del Cederberg, veranos de más de 40 grados, inviernos fríos, suelos arenosos y una vegetación que no encontramos en ningún otro lugar del mundo. Hay conocimientos transmitidos durante generaciones, comunidades que lo recolectaban mucho antes de que se convirtiera en un producto internacional y agricultores que aprendieron a cultivarlo.

Y también hay algo que ocurre muchas veces cuando viajamos, y es que empezamos a comprender un lugar a través de las cosas aparentemente pequeñas. Una bebida, una especia, una forma de cocinar, un ingrediente que aparece una y otra vez en las mesas. Por eso, cuando vuelvo a pensar en Sudáfrica, el rooibos ya no me parece simplemente una infusión. Me parece una manera de viajar a aquel territorio.

Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas que puede hacer la gastronomía, conseguir que un lugar siga viajando incluso cuando nosotros ya hemos vuelto a casa.

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