Hacer un viaje en coche tiene algo que me encanta, y eso que soy de las que se marea si va detrás, pero un road trip es un estilo de viaje que disfruto muchísimo. Puedes ir escuchando música o teniendo conversaciones profundas con tu acompañante, pero sobre todo es esa sensación de ir totalmente a tu aire, parando donde te apetece, creo que eso es lo que más me gusta, sentirme libre.
En Sudáfrica hicimos una ruta de poco más de dos semanas empezando en Johannesburgo, para después adentrarnos en la naturaleza de provincias como Mpumalanga o KwaZulu-Natal, y bajando por la costa hasta terminar en Ciudad del Cabo. Si te gusta la carretera, es un viaje que te recomiendo sin dudarlo.
La verdad es que pasar tantas horas al volante da para mucho. No solo para ver cómo va cambiando el paisaje por la ventanilla, sino para ir asimilando todo lo que vas viendo. Y es que Sudáfrica es un país que te hace pensar bastante, para qué te voy a engañar.
primeras impresiones
Antes de ir, si te soy sincera, no sabía muy bien qué nos íbamos a encontrar, sobre todo en las grandes ciudades, había leído un poco de todo… Sabía que más de la mitad del país vive en situación de pobreza y que la inmensa mayoría de la riqueza se concentra en poquísimas manos. Y luego está el tema de la seguridad. Las cifras de delincuencia imponen bastante respeto, sobre todo si las comparas con España, la diferencia es brutal, así que era inevitable ir un poco en guardia.
Al final, el tema de la seguridad en un viaje como este se resume en algo como tener sentido común. Todos los países tienen sus zonas buenas y sus zonas menos recomendables. En tu propia ciudad sabes perfectamente por dónde no meterte a según qué horas, y cuando viajas fuera es cuestión de hacer lo mismo, interesarte antes de ir, saber qué áreas conviene evitar y, en la medida de lo posible, no tentar a la suerte. Eso no quiere decir que puedas evitar a ciencia cierta que no te pase absolutamente nada, pero seguramente reducirás mucho las posibilidades.
Y eso fue exactamente lo que hicimos nosotros. En Johannesburgo, por ejemplo, decidimos no adentrarnos en el centro de la ciudad. Es verdad que si hubiéramos tenido más tiempo nos hubiera gustado conocerla más a fondo, pero para este viaje priorizamos invertir más tiempo en otras zonas del país.
Las grandes ciudades
Aterrizamos a primera hora de la tarde en Johannesburgo y fuimos directamente al apartamento a dejar las cosas y buscar un sitio para comer algo. De camino, ya desde el coche, vimos que las zonas residenciales estaban totalmente cerradas con vallas eléctricas, garita de seguridad… todo pensado por y para la protección de quien viviera allí. Aunque habíamos leído sobre ello, nos impresionó bastante. Al final no estamos acostumbrados a ver esa realidad en nuestro día a día.
Al llegar al alojamiento, que era una mini urbanización de este estilo, el chico de seguridad nos enseñó el apartamento y nos indicó dónde podíamos ir a comer algo cerca. Pasamos la primera noche allí y a la mañana siguiente fuimos directos a visitar el Museo del Apartheid, que creíamos que valdría la pena visitarlo, para después poner rumbo a la carretera.
En Ciudad del Cabo, en cambio, sí estuvimos varios días y tuvimos momentos en los que entras a según qué calles y notas una energía rara… no sabes bien qué es, pero te pones en tensión instintivamente. En algunas zonas se nota que al verte blanco te asocian directamente con tener dinero y seguramente se acerquen a pedirte.
A nosotros no nos pasó absolutamente nada en todo el viaje. Eso sí, tampoco vamos a pecar de ingenuos, las cosas pasan. A lo largo del viaje, hablamos con gente local que nos contó situaciones bastante desagradables que les habían ocurrido a ellos o a familiares suyos. La delincuencia existe y es seria, pero nosotros tuvimos la suerte de disfrutar de una ruta súper tranquila y disfrutando de todo lo bueno que ofrece Sudáfrica.
Conducir de noche
Habíamos leído en mil sitios que no era recomendable conducir de noche y esa era nuestra intención, pero ya el primer día de carretera se nos hizo tarde y empezó a oscurecer. Íbamos encarando la recta final hacia nuestro alojamiento en Moremela —una zona rural enclavada en plena montaña, cerquita del cañón del río Blyde— y nos faltaría como una hora para llegar. No se veía absolutamente nada, no había más iluminación que los faros del coche y, de repente, a lo lejos, empezamos a ver fuego en las laderas.
Te reconozco que nos dio bastante respeto. Pensábamos que era un incendio forestal sin control en mitad de la nada y que íbamos directos hacia él. Pero al irnos acercando nos dimos cuenta de que era una hilera de fuego prácticamente perfecta en la parte alta de la montaña.
Y para rematar, para llegar al alojamiento tuvimos que meternos por un camino de tierra, en medio de una comunidad rural a oscuras, que no se veía nada. Pensábamos que nos habíamos perdido y apenas teníamos cobertura… fue un momento de drama. Pero al final encontramos el camino correcto y llegamos. Era una cabaña de madera en mitad de la nada y la dueña, Mariette, nos recibió con una tranquilidad y una amabilidad increíbles. Cuando le preguntamos por el incendio, nos explicó que eran los propios locales quienes lo provocaban de forma controlada, como una especie de ritual ancestral para atraer y llamar a la lluvia.
Ese fue solo el primer aviso de lo que sería todo el viaje, una mezcla constante entre el respeto por lo desconocido y la lección de calidez que nos esperaba detrás de cada parada.
La magia de St Lucia
Siguiendo la ruta hacia el este, en la provincia de KwaZulu-Natal, llegamos a uno de esos lugares que se te quedan grabados para siempre, St Lucia. Es un sitio verdaderamente especial donde la línea entre la civilización y la naturaleza salvaje directamente no existe. La gente convive literalmente con los animales.
Recuerdo ir conduciendo despacito por el pueblo y ver por la acera a una familia entera de facoqueros —los «Pumbas»— caminando tan tranquilos al lado del coche como si fueran peatones cruzando la calle. Me pareció una locura y eso que ya habíamos pasado unos días en el Kruger viendo todo tipo de animales.
Pero lo más impresionante de ese lugar es por la noche. En el alojamiento nos explicaron que cada madrugada, mientras la ciudad duerme, los hipopótamos salen del río y pasean por las calles del pueblo buscando hierba fresca. Ojo, que con esto hay que tener un cuidado enorme. Yo sabía que los hipopótamos eran peligrosos, pero allí aprendí que es el animal que provoca más muertes de personas en África, solo por detrás del mosquito (por las enfermedades). Ver esa convivencia tan de cerca te deja sin palabras y te recuerda que allí realmente los invitados somos nosotros.

Las dos caras de Sudáfrica: del interior comunitario a la sofisticación de la costa
Lo que nos pasó esas primeras noches fue un patrón que se repitió durante las dos semanas de ruta. Llegábamos a los sitios con ese punto de alerta involuntario con el que viajas cuando has leído tantas advertencias, y en cuestión de minutos la gente que fuimos conociendo se encargaba de desmontárnoslo por completo.
En cada gasolinera, cafetería o preguntando a alguien por una dirección, nos encontramos con un trato de una amabilidad innegable. Pero no hablo de una cortesía comercial o de la amabilidad de quien espera una propina, hablo de una calidez genuina, de sonrisas enormes y de un interés sincero por saber qué tal nos estaba tratando su país.
Te hace pensar bastante, la verdad. Comprobar cómo personas que viven en un contexto social tan duro, te reciben con esa alegría y esa generosidad… te hace ver el mundo desde otra perspectiva. Muchas veces viajamos cargados de prejuicios, y con viajes así ves que la verdadera riqueza de un lugar no está en sus infraestructuras, sino en la calidad de su gente.
A medida que sumábamos kilómetros y cruzábamos provincias, nos dimos cuenta de que el mapa también marcaba un cambio de chip muy curioso en la forma de ser de la gente.
En el interior y en las zonas orientales del país —como en la propia Mpumalanga o en KwaZulu-Natal— la vida es mucho más rural y humilde. Ahí es donde sentimos de forma más directa el espíritu del Ubuntu, ese concepto africano que habla de que «una persona es persona a través de las demás personas». El trato era súper espontáneo, cercano, casi familiar. Te sentías acogido al instante.
Sin embargo, cuando la carretera nos llevó hacia el Western Cape y empezamos a recorrer la zona de la costa hacia Ciudad del Cabo, el panorama cambió. Es la parte con mayor desarrollo económico, donde se concentra el turismo de más nivel, los viñedos de postal y la gastronomía de vanguardia. La atención en los sitios seguía siendo de diez, pero notamos un matiz, era un servicio mucho más pulido, profesionalizado y distante, similar a lo que puedes encontrar en las grandes capitales europeas.
Observar esa transición mientras íbamos avanzando a lo largo del viaje fue fascinante. Te permite ver cómo las dinámicas económicas y el nivel de turismo van moldeando el carácter de una región. A medida que vas conduciendo a lo largo del país, vas pasando por diferentes poblados y ves que el país está lleno de contrastes, en algunos poblados, ves casas construidas con materiales de calidad y cercadas con vallas eléctricas, y en otros, sobre todo en la zona que comentaba del interior, ves casas construidas a base de chapa rodeados de vacas y otros animales, con niños jugando en la calle, un estilo de vida mucho más humilde y rural.
La mesa como reflejo de la historia, lo que vimos en la hostelería
Hay otra observación que hicimos a lo largo de toda la ruta y que no quería dejar de contar, aunque últimamente vivimos en una era en la que parece que no podamos hacer una observación sin ofender a nadie, pero creo que formar parte de un viaje consciente también es mirar las cosas con atención y esto es lo que percibí de mi viaje.
Al sentarnos a comer en los restaurantes durante el viaje, se repetía casi sin excepción, un mismo patrón, los dueños o los encargados de los establecimientos eran personas blancas, mientras que prácticamente todo el equipo de servicio era población negra.
Al principio es una imagen que te choca bastante. Pero cuando visitas lugares como el Museo del Apartheid en Johannesburgo y entiendes la historia reciente del país, te das cuenta de que lo que estás viendo a la mesa es simplemente el reflejo vivo de esa herencia social. El Apartheid no es prehistoria, sino que terminó hace apenas unas décadas y, las brechas económicas, el acceso a la propiedad o la concentración del capital tardan generaciones en equilibrarse.
Ver esa dinámica integrada en el día a día sin tensiones aparentes, pero tan marcada visualmente, te recuerda que Sudáfrica es un país bellísimo, pero también un país complejo que todavía está sanando y reconstruyendo su identidad.
Reflexiones finales, qué te traes de vuelta
Si me preguntas si merece la pena hacer una ruta en coche por Sudáfrica, te diría que sí, rotundamente. Pero no solo por los paisajes de infarto, los animales o la gastronomía, sino por todo lo que te hace reflexionar mientras vas sumando kilómetros.
Porque quizá lo que más me llevo de este viaje son sus contrastes. Sudáfrica puede regalarte uno de los paisajes más impresionantes que hayas visto y, unas horas después, hacerte pasar junto a un poblado que te rompe el corazón. Puedes sentir una libertad enorme conduciendo durante kilómetros por carreteras prácticamente vacías y, al mismo tiempo, ser consciente de que hay lugares en los que tienes que estar alerta. Puedes llegar con cierto miedo por todo lo que has leído sobre la inseguridad y acabar recordando, sobre todo, la sonrisa y la generosidad de las personas que te encontraste por el camino.
Y quizá eso es lo que hace que Sudáfrica sea un destino tan complejo. No es un país que puedas meter en una sola categoría. Hay una naturaleza salvaje que convive con ciudades sofisticadas, comunidades rurales con formas de vida muy sencillas junto a zonas de enorme riqueza, una historia muy dura que todavía se deja ver en el presente y, en medio de todo eso, una gente que muchas veces te recibe con una calidez que no esperabas encontrar.
Viajar por carretera te permite ver todos esos cambios poco a poco. No saltas de un lugar a otro sin más, sino que vas atravesando el país, viendo cómo cambia el paisaje, los pueblos, las casas, las personas y hasta la forma en la que te relacionas con lo que estás viendo. Y creo que ahí está una de las grandes riquezas de un road trip, en todo lo que ocurre entre un destino y el siguiente.
Sudáfrica me enseñó también a valorar cosas que en casa damos por sentadas. La seguridad, la tranquilidad de caminar por cualquier calle sin pensar demasiado en ello, tener determinadas oportunidades o simplemente vivir con ciertas comodidades. Pero también me recordó que la riqueza de un lugar no siempre tiene que ver con lo que tiene, sino con lo que es capaz de ofrecerte.
Después de dos semanas, me volví a casa con la sensación de haber visto un país precioso, pero también profundamente complejo. Un país lleno de luces y sombras, de contradicciones que no siempre son fáciles de entender y de historias que no caben en una guía de viaje.
Y quizá por eso este viaje me gustó tanto.
Porque viajar no es solamente ir a buscar lugares bonitos para hacer una foto. También es observar, hacerte preguntas, hablar con la gente, descubrir realidades diferentes a la tuya y volver a casa mirando algunas cosas con otros ojos.
Y Sudáfrica, consiguió precisamente eso, que volviera con los ojos un poquito más abiertos.





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