Marina di Corricella, Procida

Marina di Corricella, Procida, Italia

Hay un momento en Procida que todo el que pase por allí recordará para siempre. Bajas unas escaleras de piedra — la Gradinata del Pennino, desde Via San Rocco — y en el último peldaño, sin aviso, aparece Marina di Corricella. Las casas apiladas sobre la ladera en amarillo, naranja, rosa y verde menta. Los barcos en el agua pintados de los mismos colores. El silencio, roto solo por el mar y alguna voz lejana.

Es uno de esos paisajes que parecen inventados. Pero tiene siglos de historia detrás.

Marina di Corricella es el núcleo más antiguo de Procida. Sus orígenes se remontan al siglo XVII, cuando las familias de pescadores empezaron a construir sus casas alrededor de la iglesia de Santa Maria delle Grazie. El pueblo fue creciendo hacia el mar y hacia arriba, literalmente, añadiendo viviendas una encima de otra durante generaciones, aprovechando cada palmo de ladera volcánica.

Nadie lo planificó. Fue la necesidad quien diseñó Corricella. El espacio era escaso, las familias numerosas, y el mar siempre estaba ahí. Lo que surgió de esa necesidad es lo que los arquitectos llaman hoy «arquitectura de la solidaridad» — casas que no compiten por el espacio sino que se sostienen entre sí. Arcos que aguantan balcones ajenos. Escaleras que son acceso de unos y terraza de otros. Muros compartidos, loggias abiertas al viento, cúpulas pequeñas sobre cocinas humildes.

Desde el mar, el resultado es un rompecabezas de fachadas. Desde dentro, es una comunidad que se construyó a sí misma con lo que tenía.

La historia que se cuenta sobre los colores de Corricella es preciosa, los colores de las casas no son decoración. Son — o fueron — un sistema de comunicación.

La tradición dice que los pescadores pintaban sus fachadas para poder identificar su hogar desde el mar. Así, cuando volvían al puerto después de horas en el mar, podían reconocer su hogar desde la distancia. Esos colores también tienen conexión con los barcos, aunque de forma más sutil de lo que a veces se cuenta. Se usaban los restos de pintura del barco para retocar la fachada, o al revés. El color funcionaba como un apellido visual en una comunidad donde la vida dependía enteramente del mar. El mar y el pueblo establecieron un pacto visual que durante siglos funcionó como lenguaje.

Con el GPS y la tecnología, los pescadores ya no necesitan el color de la pared para saber dónde atracar. La función original desapareció, pero la identidad permanece.

Hoy los colores de Corricella están protegidos. No pueden pintar sus casa de cualquier color, existe un código que mantiene la armonía cromática de ese anfiteatro de tonos pastel que se asoma al mar. Muchos propietarios conservan además colores familiares específicos, el mismo tono que eligió su abuelo o su padre, por respeto a una herencia familiar que no quieren perder.

Y si te fijas en los gozzi — las barcas tradicionales de madera que descansan en el puerto — verás que muchos conservan detalles en colores primarios que resuenan con las paredes de la marina. El diálogo entre el mar y el pueblo sigue vivo. Ha cambiado de necesidad a símbolo. Pero sigue ahí.

En 2022, Procida fue nombrada Capital Italiana de la Cultura con un proyecto bajo el lema «la cultura non isola» — la cultura no aísla —. Fue la primera vez que una isla, y no una capital de provincia, ganaba el título. Un reconocimiento histórico que vino acompañado de 18 millones de euros en inversiones, 44 proyectos culturales, 300 días de programación con artistas de 45 países y la regeneración de espacios emblemáticos como el Palazzo d’Avalos. Los negocios locales vieron crecer sus ingresos un 32%. El New York Times y National Geographic escribieron sobre Procida. Y lograron algo que pocos destinos consiguen, desestacionalizar el turismo, atrayendo visitantes también fuera de julio y agosto.

Pero la visibilidad tiene un precio que no aparece en los informes. Hoy la isla recibe alrededor de 600.000 visitantes al año. A solo 40 minutos en ferry de Nápoles, Procida se ha convertido en destino de excursión, la mayoría llegan por la mañana, recorren Corricella y se van por la tarde. En una isla de 4 km², eso significa que durante las horas centrales del día la densidad de personas puede llegar a ser asfixiante. Y los que lo viven a diario no son los visitantes.

Los residentes reconocen que el dinero es bienvenido. Pero también que el coste de la vida ha subido, que encontrar sitio en temporada alta en el autobús local se ha vuelto un reto. Los sociólogos lo llaman «museificación», el riesgo de que Corricella deje de ser un barrio de pescadores real para convertirse en un escenario fotográfico.

Lo que distingue a Procida de Capri o Positano, que ya han cruzado esa línea, es que la isla todavía lucha. Todavía hay tiendas de ultramarinos, redes de pesca secándose al sol, vecinos que se conocen por su nombre. Procida intenta que el turismo sea un invitado, pero esa línea es fina, y cada temporada se pone más a prueba.

Es la paradoja del turismo en los lugares auténticos. Los visitamos porque son especiales. Y al visitarlos en masa, arriesgamos que dejen de serlo.

No hay una fórmula para hacerlo bien. Pero sí hay una actitud que marca la diferencia. Procida merece ser visitada, y el turismo bien hecho es una fuente de vida para las comunidades locales. Se trata de cómo ir. Pueden parecer decisiones pequeñas, pero tienen un impacto real:

  • Apoya la economía local. Come en restaurantes familiares, compra en tiendas locales.
  • Camina despacio por Corricella. Es un pueblo que vive, no un decorado. Los pescadores que arreglan sus redes en el muelle no son parte de la escenografía. Si quieres hacerles una foto, pídelo.
  • Respeta la frontera entre lo público y lo privado. En un pueblo donde las escaleras son de todos y las puertas están a un paso, esa frontera a veces es invisible. Respétala igualmente.

Y, sobre todo, ve con conciencia de dónde estás. Corricella todavía es un lugar de pescadores. Que siga siéndolo depende, en parte, de cómo lo tratamos quienes pasamos por ahí.

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