Panorámica del valle cuando ya estás llegando al final de la ruta de Cola de Caballo en Ordesa.

TRAZAR

Un mismo lugar, viajes completamente distintos

Imagina a dos personas que aterrizan en Barcelona un martes de abril. Mismo vuelo. Mismos apartamentos en Gràcia. Misma semana por delante.

A las nueve de la mañana ella ya está pedaleando por el carril bici de la Barceloneta. Le gusta empezar el día junto al mar y ver cómo la ciudad se va despertando detrás de ella. Recorre la costa hasta más allá del Fórum, sin un plan concreto. Para a desayunar en una cafetería muy cerquita del mar.

Él, mientras tanto, baja a una cafetería. Lleva un libro de Vila-Matas y una libreta sin estrenar. Se queda ahí un par de horas. Después camina hasta Sant Antoni para visitar el mercado dominical de libros usados.

Hacen un viaje completamente distinto aún alojándose exactamente en la misma calle, en el mismo barrio y habiendo cogido el mismo vuelo.

Creo que lo primero que pienso cuando alguien me pregunta cómo diseño un viaje a medida es que el viaje en sí no es el lugar. El lugar puede ser solo la escenografía. Realmente, el viaje es lo que pasa dentro de quien lo recorre.

Una misma ciudad puede ser cinco mil viajes simultáneos. Cada uno verdadero, completo e irrepetible. La cuestión no es a qué ciudad vas. La cuestión es qué buscas tú cuando vas a dicha ciudad.

Hace unos meses estuvimos en Torla-Ordesa. Por la mañana hicimos la ruta de Cola de Caballo, ese paseo largo que atraviesa el valle hasta la cascada — caminamos entre hayas, paramos a escuchar el agua varias veces, no teníamos prisa. A mediodía, al regresar, bajamos al pueblo y comimos en un restaurante que se llama «El Duende«, pedí un plato de alubias que aún recuerdo.

Por la tarde paseamos por las calles empedradas de Torla y entramos en la Heladería Los Glaciares a comprar productos típicos para llevarnos a casa. Hago un paréntesis para deciros que si alguna vez estáis por la zona, os recomendamos que les hagáis una visita, ya sea para probar alguno de sus helados artesanos o para comprar productos de km0 para llevaros a casa. Da gusto encontrarse con gente como Laura y Jesús.

Y ahora viene el momento de reflexión. Si te paras a pensar, seguramente, justo en ese mismo momento, a pocos kilómetros de nosotros, alguien estaba caminando hacia el Refugio de Góriz para subir al día siguiente a Monte Perdido. Otra persona había elegido el cañón de Añisclo en lugar de Ordesa, donde casi no se cruzaba con nadie. Y otra persona estaba sentada en una terraza del pueblo desde media mañana, sin ninguna intención de subir a la montaña ese día, simplemente, estaba leyendo allí tranquilamente.

Diferentes personas en Torla-Ordesa ese mismo día. Diferentes formas de ver los Pirineos. Recuerdos que no se parecerán entre sí cuando, dentro de cinco años, alguien les pregunte, ¿y qué te llevaste tú de Ordesa?

En cualquier sitio pasa lo mismo. Da igual que sea un valle, una ciudad o una isla. Lo que cambia no es el destino, es la pregunta que cada persona se hizo antes de llegar.

Si cada viaje es una conversación entre un lugar y una persona, planificarlo desde un mapa genérico te deja a medias, te pierdes la mitad de la conversación. Porque el mapa solo te dice qué hay en cada esquina. No te dice qué quieres encontrar tú cuando dobles esa esquina.

Y esa segunda parte —la del qué quieres— es la que diferencia un viaje que se queda contigo de un viaje que se evapora en una semana.

Cuando diseño un viaje a medida, lo primero es una conversación. No es una entrevista con preguntas estándar. Es una conversación con preguntas que parecen sencillas, pero poco a poco, van abriendo capas. Algunas hablan de pequeños gustos e intereses. Otras son más profundas. De ahí emerge una imagen bastante clara de qué viaje le toca a esa persona en este momento — uno que por cierto, casi nunca coincide con el que habría reservado por su cuenta.

Hay quien viene buscando descansar de un año cargado y necesita un viaje con un ritmo lento, con mañanas largas y mar a la vista.
Hay quien busca exactamente lo contrario, un viaje que le despierte. Algo intenso, con texturas que le sacudan, comidas que recuerde durante meses, conversaciones con desconocidos en mercados que no salen en las guías.
Hay quien viaja en pareja después de mucho tiempo y necesita un viaje que sea verdaderamente para los dos, no un compromiso entre dos gustos distintos.
Hay quien viaja solo por primera vez, y lo que necesita no es un destino emocionante, sino un destino acogedor, donde el primer café del día lo encuentre sin que tenga que buscarlo.

Cada uno de esos viajes empieza con el mismo paso. Una conversación honesta sobre quién va a viajar y qué momento de su vida está viviendo. Solo después, cuando entiendo eso, abro el mapa.

Y entonces empieza la segunda parte, la propuesta. Un primer esbozo de ruta, con destinos sugeridos, ritmos posibles, refugios donde dormir, sabores que recomendaría probar. Pero ese esbozo siempre se ajusta. Vuelve a la persona, lo lee, me dice qué le apetece más, qué no. Cambiamos cosas. Volvemos. Y volvemos otra vez. Hasta que el viaje empieza a parecerse al que esa persona quiere de verdad, no al que creí entender al principio.

Eso es lo que significa diseñar un viaje a medida. No es elegir un destino bonito y llenarlo de actividades.

Es ir descubriendo, capa a capa, qué viaje contiene a la persona que va a viajarlo.

Por eso me cuesta hablar de «destinos imprescindibles» o de «rutas de diez días» en abstracto. Porque no creo que existan así. Existen rutas para ti, en este momento de tu vida, con la pregunta concreta que llevas dentro. Y existen rutas para otras personas, igualmente válidas, completamente distintas.

Si alguna vez has vuelto de un viaje con la sensación de que no era del todo el tuyo, probablemente lo que faltó no fue tiempo. Faltó esa primera conversación.

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