Hace tiempo que dejé de medir los viajes en días, y eso me cambió la forma de entender cómo diseñar un viaje. Me di cuenta que los viajes que más me habían marcado no eran los más largos. Eran los que empezaban antes de hacer la maleta y continuaban al volver a casa. Como si tuvieran tres partes en lugar de una.
Podríamos empezar a llamarles “viajes de tres tiempos”. Antes, durante y después. Suena obvio escrito así, lo sé, pero el cambio es enorme cuando lo empiezas a aplicar. Te explico cómo lo hago yo, paso a paso, por si te apetece probarlo en tu próxima escapada.
Yo diseño así todos mis viajes — los míos y los que diseño para otros viajeros desde Trazar.
Soñar con el destino
Aquí es donde empieza todo, semanas antes de hacer la maleta. No consiste en planificar como tal, es decir, no es abrir Google Maps y comenzar a marcar lugares a los que me gustaría ir. Es algo más lento y, para mí, mucho más bonito. Consiste en dejar que el lugar entre poquito a poco en tu vida cotidiana.
¿Sabes qué hago yo? Leo un libro o veo una película rodada en ese lugar. Cojo un libro de cocina de esa zona y un domingo me planto a probar una receta, aunque todo hay que decirlo, a veces la primera vez me sale fatal, pero es parte del proceso. También me pongo música de ese lugar mientras trabajo o mientras cocino. Y voy ojeando el mapa para hacerme una idea de cómo es ese lugar.
Si esto te suena, puede ser porque esto es exactamente lo que hago en el blog cada mes contigo. Soñar, Saborear y Trazar no son tres categorías porque sí — son las tres formas que tengo de acercarme a los diferentes rincones del mundo. Soñar con sus libros, sus películas, sus historias. Saborear su comida desde mi cocina. Trazar mis mapas, mis apuntes, mis mil pestañas abiertas con cosas que se me van ocurriendo.
¿Por qué importa este tiempo? Porque así cuando llegas al destino, no llegas en blanco. Llegas con un poquito de contexto, y eso te cambia la manera de mirar todo lo demás. Reconoces detalles. Entiendes referencias. Tienes preguntas que antes ni siquiera sabrías formularlas. Este tiempo no se ve en ninguna foto del viaje. Pero es el que decide cómo llegas a ese lugar.
Y antes de pasar al segundo tiempo, una cosa importante, soñar el destino no es tenerlo todo controlado. Cada viaje es distinto y estamos en momentos vitales diferentes, por lo que eso influye, y mucho, en lo que necesitamos en cada viaje. No te diría que siempre es así, pero normalmente, yo no llego allí con una lista de «veinte sitios que ver» como una lista de imprescindibles que tengo que cumplir. Llego con algunas imágenes mentales, dos palabras del idioma, tres ideas de cosas que me apetecería sentir. Lo demás lo descubro cuando ya estoy allí. Me gusta fluir durante el viaje.
Y ese sería el primer paso de cómo diseñar un viaje con calma. Ahora pasamos al segundo tiempo.
Habitar el destino
Aquí es donde la palabra slow, que forma parte de esta tendencia al slow travel, tiene protagonismo. Y te diré que este tiempo es también donde más cuesta sostenerla. Porque vivimos en una época que te empuja a «verlo todo», como si el viaje fuera un examen que tienes que sacarte con matrícula de honor.
Sin embargo, habitar un destino es justo lo contrario. Es ir a menos sitios, quedarte más tiempo en cada uno. Es desayunar tres días seguidos en el mismo café hasta que la persona de la barra te reconozca y te ponga lo de siempre sin preguntar. Es repetir un paseo en vez de inventarte uno nuevo cada día. Es entrar en una librería sin un libro concreto en la cabeza y salir con uno que ni sabías que existía. Es perder una mañana entera en un mercado sin comprar nada — solo viendo qué se vende en ese rincón del mundo en esa época del año.
Habitar tiene una pequeña incomodidad, no te voy a engañar, y es que te obliga a renunciar. A no verlo todo. A volver quizá con la sensación de que te dejaste cosas pendientes. Y al principio, eso nos puede parecer extraño, porque estamos acostumbrados a las listas, a que si vas a tal ciudad no te puedes perder tal sitio, aunque quizá a ti realmente no te llame la atención. Y, mira por dónde, lo que recuerdas después de ese viaje no es ningún lugar de esa lista, sino una conversación de hora y media con el dueño de un restaurante.
Habitar un destino no es ir a todas partes. Es dejarte llevar, ir a «pocos» sitios y dejar que te pasen cosas dentro de ellos, como si vivieras allí. Lo que vas a recordar del viaje no será ningún sitio de la lista. Será una luz a las siete de la tarde, una conversación inesperada, un sabor con el que no contabas. Cosas pequeñas que solo aparecen si les das tiempo.

Lo que vuelve contigo
Y aquí está el tiempo del que casi nadie habla. El viaje sigue cuando vuelves.
Vuelves a casa, deshaces la maleta, retomas la rutina, y el destino se queda asomándose por las esquinas durante meses. Aparece en un olor que te transporta de golpe a aquel lugar, en un libro, en una receta que se queda a vivir en tu repertorio sin pedir permiso. En las palabras de ese idioma que de repente distingues cuando las escuchas en la cola del super.
Para mí, este tercer tiempo es el que marca la diferencia entre un viaje que se queda guardado en la cámara y uno que se queda guardado en ti.
Yo, normalmente cuando vuelvo de viaje, hago tres cosas muy sencillas. Vuelvo a cocinar al menos una receta que me recuerde a ese lugar. Leo o veo algo nuevo de allí. Suelo verlo desde otra perspectiva y hay cosas que después de estar allí suenan distinto. Y a veces también os escribo una carta. Tú ya sabes cómo va esto de las cartas.
Y ahora, a probarlo
Si te apetece diseñar tu próximo viaje así, te aviso de que vas a llegar a casa con la sensación de que has viajado más.
Esa, para mí, es la diferencia entre ir a un sitio y haber estado allí.






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