Halftime show Super Bowl 2026 – Bad Bunny
Lo que no necesita traducción
Acabo de ver el halftime show de Bad Bunny en la Super Bowl que tuvo lugar ayer, 8 de febrero de 2026, y he sentido la necesidad de escribir sobre esto. No como reseña musical, sino como una reflexión sobre lo que significa defender la identidad en un mundo globalizado.
Para poner en contexto, la Super Bowl es el evento deportivo más grande de Estados Unidos. Su intermedio es un escenario donde, históricamente el inglés ha sido la norma y la cultura anglo el estándar. Este año, desde el Levi’s Stadium en Santa Clara (San Francisco), las reglas han cambiado.
A veces pensamos que para ser universales debemos diluirnos, pero lo que hizo Bad Bunny anoche fue un ejercicio de soberanía cultural. En el escaparate más grande del planeta, él decidió quedarse en su raíz. Todo el show fue un mapa de símbolos que respiraba el Caribe: desde los ritmos del trap hasta la percusión de la salsa y el merengue (un homenaje directo al legado de la Fania All-Stars y la época dorada de la música latina en Nueva York). No buscaba encajar; buscaba invitar al mundo a su casa, Puerto Rico, plasmando la estética de los barrios de San Juan y ondeando las banderas de toda América en un gesto de unidad continental.
Fue emocionante ver cómo el espectáculo no olvidaba sus cimientos, rindiendo homenaje a Tego Calderon, Don Omar, Hector el Father y Daddy Yankee, los que permitieron que hoy estemos hablando de este movimiento como algo global. Pero más allá de la fiesta, también estuvo el símbolo del apagón. Ese instante en que el escenario recordó la realidad de Puerto Rico fue el recordatorio de que la identidad no es solo celebración, es también resistencia y memoria de las heridas propias.
Esa identidad se expandió también a través de dos figuras que son puro contraste y respeto. Por un lado, Ricky Martin: el pionero que pavimentó el camino para que la esencia latina fuera respetada en este escenario. Por otro, la fuerza de Lady Gaga, que aportó la nota de unión universal; un puente real entre culturas donde ninguna perdió su esencia, demostrando que el respeto artístico no entiende de fronteras lingüísticas.
Pero el momento de «La Casita» estaba también, sin duda, cargado de significado. Ver a figuras como Pedro Pascal, Karol G, Cardi B, Jessica Alba y Young Miko, entre otros, habitando ese espacio doméstico y cotidiano —mientras sonaba Yo Perreo Sola— transformó el frío estadio en un refugio comunitario. No estaban allí como celebridades distantes, sino como una familia celebrando en la intimidad de un hogar recreado ante millones de personas.
Seguramente muchos espectadores no entendieron ni una palabra de las letras, pero no hizo falta. Como bien se leía en el ambiente: la autenticidad no necesita subtítulos, se siente.
Me quedo con esa lección: el mayor lujo es no tener que pedir permiso para ser quien eres, estés donde estés.

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